Crónicas #Vallarta: Coapinole Pitillal, el cambio

Published On diciembre 18, 2014 | By Kä Volta: Redacción | Lifestyle

Al igual que todo el mundo, Puerto Vallarta ha sido víctima del cambio y el objetivo de esta crónica es ante todo, dar a conocer el Vallarta escondido, del que nadie habla. Uno diferente. No uno ligero que represente vacacionismo ni  tampoco tan graso, si  no uno real. Ese Vallarta de niños descalzos jugando en las calles, el de la playera sobre el tenderete en cada casa a medio construir.

Por: Gloria Estefania Llamas Gatica

@Fanny_Llamas99

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 Hoy en día existen pocos ambientes en los que la actividad humana no origine o cambie el modelado del ambiente en cualquier contexto. Aquellos pueblos de antaño, fueron transformados por la locura de la gente, y el paraíso terrenal pasó a ser propiedad única del cielo. Aun así, las maravillas Jaliscienses no dejan de envolvernos en sus  entrañas. Es así el caso del llamado “Tepito de Vallarta”, que se ubica a 3.9 km de la ciudad. Fundado hace alrededor de 100 años, el Pitillal se caracterizó por el espíritu y fervor de su gente. Ya no es el mismo pueblo que se fundó con familias de avecindados de municipios serranos. Aquél confortable sitio de añoranza se ha transformado.

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Es aquí cuando arribamos al tema en cuestión, y es cuando comenzamos a hablar de un sitio que una vez no fue más que una recóndita cabaña al lado del río: El coapinole. Quedaron atrás esos días en que la parroquia tenía techo de palapa y la gente se movía con parsimonia alrededor de la plaza. Ahora, las calles están rebosantes de gente congregada por las vendimias, que no han perdido su toque ancestral. Los vehículos  ya no tienen por donde transitar y el autobús deja de ser una opción, ya que las pocas rutas que brindan servicio hacia el centro de Puerto Vallarta son casi siempre desviadas.

Pareciera que las casas de antaño se ocultaron detrás del fervor comercial. El desperdicio proveniente de esto ha aumentado gravemente, privándolo de lo que solía ser una imagen sensata. Las calles se han descuidado mucho, y fuera de avanzar, pareciera que el olvido persiste en habitar este lugar.

No hablo como “Pitillalense”, mi casa no está a menos de un kilómetro de ahí. Pero como toda buena Vallartense, me considero parte de este vestigio. Yo misma asistía a las fiestas del condado, recorría cada puesto en la plaza central y me divertía con las “palomitas” (ya saben, esas pequeñas bombitas hechas con papel periódico y pólvora) que mi padre compraba a gran insistencia mía.

Todavía paso una que otra tarde, sentada en la gran plaza, en una banca, observando a los niños que corren alegres, con sus globos en mano. Observo a los vendedores ambulantes, y el olor del aceite hervido que viene de los puestos de papas fritas me hace pensar solo en una cosa: las nuevas generaciones no conocemos el verdadero Pitillal. Tan solo es una imagen fría y difusa de lo que fue hace unos ayeres.

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Desde comienzos de la vida humana, hemos intentado modificar lo que tenemos. Naturalmente consistente, el ser humano siempre ha tendido a  innovar e inventar  nuevas  maneras de desarrollarse en su medio, intentando mejorar su estado general. Esto a la larga,  resulta contraproducente, ya que en tanto el hombre va cambiando los factores que lo rodean, dichos factores también se transforman con él, dando entrada a nuevos problemas con los que termina enfrentándose de igual o peor manera. Esto es un círculo enviciante y detonante que nunca acaba,  que va creciendo, latente  y variando con nosotros, y que al final de todo, es la vida misma, a la que nos enfrentamos cada día.

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