Los beneficios godín suelen ser una farsa con envoltura de papel metálico y logo corporativo. Los venden como “bienestar”. En realidad son la versión barata de un aumento que nunca llega.
Los cumpleaños con pastelitos resecos o la mesa de “snacks saludables” llena de galletas azucaradas y juguitos de caja. Te llenan de carbohidratos como si con eso pudieran tapar la frustración de un pago que no alcanza.
Pizza Day, hot dogs, donitas. Todos aplaudiendo como focas porque llegó la comida “gratis”. Ese pastelito semanal cuesta salario congelado, cuesta horas extra disfrazadas de compromiso, cuesta tragarte la mentira de que la empresa “se preocupa por ti”.
Claro, siempre está el gerente que aparece con sonrisa de salvador: “miren cuánto nos preocupamos por ustedes” que no es más que “esto es más barato que un bono”.
Lo más absurdo es que la oficina se convierte en un zoológico. Gente peleando por los pastelitos, guardando servilletas con sándwiches para la cena, discutiendo quién se llevó la última Coca Light. El profesionalismo corporativo se evapora junto al vapor de la pizza. Los “profesionales” mutan en hienas alrededor de la charola de donas, sándwiches y palitos de fruta (los más sanos). Otros adoran la máquina de café, que solo les reafirma la gastritis.
Cuando con los pastelitos semanales no alcanza para acallar las inconformidades laborales, aparece RH con la gran producción anual. Fiestas ridículas que pretenden emular cenas de gala a las que ninguno de nosotros irá jamás. Para eso está RH Producciones, con sus comités organizando rifas, shows de mala comedia, conferencias y centros de mesa brillosos. El mismo presupuesto que podría usarse en aumentos se gasta en alquilar salones y pantallas gigantes para proyectar videos motivacionales. Y al día siguiente, en la reunión masiva, los mismos gerentes que la noche anterior aplaudían al DJ prometiendo días libres lloran la “mala racha de la empresa” y piden comprensión.
En esas cenas, sobre todo en restaurantes “costosos”, tampoco falta el espécimen que pide para llevar platillos que jamás pagaría por sí mismo, triunfalmente guardados en cajas de unicel como trofeo de su tacañería. Como si fueran gratis. Nada es gratis. Ni el filete, ni la botella compartida, ni la foto con sonrisa para LinkedIn. Todo lo paga la empresa con el mismo truco de siempre; disfrazar de beneficio cualquier carbohidrato y alcohol barato mientras congela sueldos y reparte doggy bags.
El beneficio real debería ser salario justo, condiciones dignas, respeto. En la selva corporativa, el bienestar se mide en calorías.
Los beneficios godín no llenan la cartera ni el futuro. Llenan el estómago de carbohidratos y el corazón de resignación. Y ahí seguimos, mascando pastelitos como si fueran aumentos, aplaudiendo donas como si fueran ascensos. El hambre colectiva convertida en política de recursos humanos.
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